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El soñador del sueño (Audio)

 

Nombre: María Vázquez Herranz

Lugar: Madrid, España

Actividad: Un Curso de Milagros

   

 

Podría contar cómo llegué a conocer el Curso, cómo eso encaja en el transcurso de mi vida a través de lo que llamamos coincidencias o sincronicidades, cómo mi vida ha cambiado desde ese día en todos sus aspectos (relacional, vocacional, laboral, emocional, intelectualmente, etc.), pero la vida de los personajes que he adoptado a lo largo de los años no es lo importante.

Lo esencial es el reconocimiento profundo de que esos personajes no son más que formas que he ido tomando para adaptarme a ideas que he tenido sobre mí misma, y el conocimiento de que el medio o el entorno en el que uno se mueve es un reflejo de esas ideas.

Entonces llegan a la mente varios planteamientos clave:

1. ¿Me siento feliz conmigo misma y con el entorno que experimento, de un modo profundo y pleno? ¿Hago sacrificios para conseguir ser feliz más tarde, en un futuro que no sabemos si llegará, o soy feliz ahora? ¿Creo en el sacrificio como medio para conseguir la felicidad o reconozco que ambos conceptos se anulan mutuamente al ser opuestos? ¿Creo que soy alguien que debe sacrificarse?
2. ¿De dónde vienen esas ideas sobre uno mismo que nos definen? ¿Las adoptamos de otros o del entorno sin cuestionarlas, o vienen de un reconocimiento interno? ¿Hacen que uno se sienta feliz consigo mismo o esconden ideas de escasez, abandono, necesidad, sufrimiento, sacrificio…?
3. ¿Soy consciente de lo que pienso y gobierno mi mente, o es ella la que me lleva a actuar sin dirección en un mar de emociones reactivas al entorno sin reconocer el origen de dicho entorno y de mi percepción del mismo?
4. ¿Vivo con miedo o con confianza? ¿Creo en que se puede ser feliz o creo que encontrar la felicidad me quitaría la búsqueda de la misma y eso me intranquiliza?
5. En definitiva, ¿QUIÉN SOY?

El Curso me ha llevado a encontrar las respuestas dentro de mí, a reconsiderar mi identidad y revisar los conceptos que la conforman, a observar los procesos de la mente y a conocer como éstos se manifiestan en mi experiencia, a aprender a dejar de proyectar mi mente a cualquier sitio menos aquí y ahora, a ver que no hay nada que buscar, que sólo hay que destapar lo que somos, aquello que hemos escondido debajo de muchas capas de ideas ajenas aceptadas inconscientemente, de miedos, de autoconceptos, de ilusiones y fantasías, no todas felices, a ser capaz de cambiar aquello en mi mente que no me lleva a ser feliz y, como consecuencia, a cambiar mi vida, mis relaciones y mi entorno de un modo acorde a mi identidad real.

¿Y cómo saber cual es la verdadera identidad? Respondiendo a la siguiente pregunta: ¿Cómo te sientes con lo que crees ser, en paz, feliz, pleno, o en conflicto, inseguro, insatisfecho, con carencias y miedos? Solo hay dos emociones, amor o miedo. ¿Cuál eliges tú?

 

Reflexiones

Identidad, honestidad, realidad y conciencia.

Siento una sensación de levedad, ligereza, paz. Es un sentimiento extraño que ha aparecido en mi mente. Gracias a que estoy consciente de mis pensamientos, soy capaz de percibirlo. Es algo que se ha mantenido debajo de muchas capas de distintas ideas sobre mí misma. Esas capas ocultaban de la luz aquello que era común a todas ellas y que era mi ser, en realidad. La capacidad de percibir esto ha llegado a mí, a través del deshacimiento de mi identidad, o más bien debería decir de mis múltiples identidades. Esa sensación me lleva a escribir esto.

Es curioso cómo todo el mundo dice ser alguien en concreto, y cómo tras esa definición se esconden otras muchas a las que dicho ser recurre en diferentes situaciones. Esas múltiples definiciones cambiantes son, por lo tanto, falsas, puesto que ninguna de ellas es inalterable, permanente o completamente honesta.

Hablemos de la identidad, de la honestidad, de la realidad y de la conciencia.

¿Qué definir como identidad? ¿Es lo que uno ES, o lo que cree ser? Es aquello con lo que uno se identifica. Es algo que está contenido en una creencia acerca de uno mismo. De ahí la importancia de la siguiente cuestión: ¿Quién soy? Responder a esto es lo que lleva a la humanidad más allá de los límites que se ha autoimpuesto. Es lo que nos lleva a transgredir fronteras, a buscar verdades, a sentir emociones nuevas y a tener experiencias que amplíen el conocimiento acerca de quienes somos.

Así pues, es un hecho que para poder responder a esta pregunta, algo esencial es tener una mentalidad abierta y absolutamente ninguna expectativa de lo que la respuesta debe ser. Los condicionantes que imponemos a dicha respuesta, los límites que imponemos desde nuestro limitado conocimiento, nos dejan encerrados en él, esos límites se convierten en los barrotes que encarcelan nuestro espíritu, nuestra esencia, nuestra verdadera identidad, manteniéndola alejada de nuestro conocimiento y limitando su expresión en nuestra experiencia. Y ¿a qué hemos venido a la vida sino a experimentar dicha esencia, a sentir su vitalidad, a realizar su función?

Condicionamos nuestro aprendizaje, condicionamos nuestro olvido, condicionamos nuestras actividades y creencias, y esas condiciones no son cuestionadas. Se nos dice que así ha sido siempre, que así debe ser, que nuestro bien depende de ello. Pero ¿el bien de quién, en realidad? De un ser que se define como aquello que ha aprendido, aquello que ha negado u olvidado, aquello en lo que emplea su tiempo, como aquello en lo que cree, pero sin saber por qué. Si todas esas definiciones parten de ideas aceptadas que no surgen de la verdadera observación de uno mismo, entonces niegan ese uno mismo, lo limitan y lo reducen a una sensación de vacío interior que no somos capaces de llenar ni con alimentos, ni con éxitos, ni con el amor de otro ser humano, debido a que surgen de la falta de amor hacia lo que uno mismo es. ¿Y quién decide qué está bien y qué no lo está si nosotros hemos perdido el criterio?

Aquí llega el momento de escribir sobre la honestidad. Esta es la aceptación de lo que somos en realidad, bajo esas capas espesas y oscuras de rechazo hacia la verdad. La honestidad nace de uno mismo y debe dirigirse hacia uno mismo para poder ser reflejada en otros. Es decir, no podemos ser honestos con nadie si no lo somos primero con nuestra esencia. Y lo asombroso de esto reside en el hecho de que una vez que uno es honesto consigo mismo, ya no surge el planteamiento de serlo con los demás puesto que no podría ser de otro modo. Así pues, la honestidad es esencial para llegar al conocimiento, a la expresión de la esencia presente, a la presencia.

De este modo podríamos preguntarnos si tiene algún sentido la cuestión de exigir honestidad o de pedirla. Si uno no la da de por sí, es que no la tiene consigo mismo, y cualquier petición externa será desoída por no tener sentido para el oyente. Cuando alguien se preocupa por la honestidad ajena, es porque no la siente internamente. En el caso de que la sintiera, lo que los demás reflejasen sería poco relevante. Lo único que ocuparía la mente sería la búsqueda interna de la verdad, sería la identificación de las emociones que se suceden internamente y del origen de estas emociones, el cual siempre está en el propio pensamiento. No pueden buscarse causas externas puesto que no existen, y por ello la verdadera identidad descansa en la honestidad interna y reflexiva del ser.

Llegamos así a la realidad. ¿Podría ser una definición que fuese aceptada por todas las mentes y en todos los contextos? ¿Podría ser algo invariable, inmutable, algo cuya esencia existiese y al ser cierta, no cambiase y no desapareciese? Percibimos fragmentos aislados de la realidad, a dichos fragmentos les damos interpretaciones distintas dependiendo de nuestras experiencias pasadas, de nuestras emociones presentes, de nuestras ideas y creencias aceptadas o adoptadas provenientes de factores externos a nuestra propia esencia. Todo este caos se refleja en que la "verdad" es diferente para cada ser humano, para cada momento o sentimiento, ya que incluso cada ser humano puede cambiar su propia percepción. Así pues, es imposible definir una realidad sin ser parcial, puesto que la definición implica una formalización de un concepto que va más allá de las formas. Y como ya la ciencia ha manifestado con el principio de indeterminación de Heisenberg, no se puede observar un hecho sin alterarlo. Así pues, la "verdad" que algunos dicen tener es una "verdad" incompleta, ya lo digan consciente o inconscientemente. Para poder hablar de la verdad deberíamos conocer todos sus aspectos, sus implicaciones, sus diferentes y diversas manifestaciones en nuestras propias experiencias y en las de los demás seres, ser conscientes de aquello que sentimos y pensamos y abstraer dicha consciencia para llevarla más allá de las formas y los límites.

Así pues, ¿qué es la conciencia? Podría ser llamada "el observador", podría ser definida como el espacio en el que se dan las formas. La cuestión no es su definición sino su manifestación. Cuando en un suceso algo se realiza, hay algo observándolo, haciéndolo parte de la experiencia, manifestando que la forma del suceso ha tenido lugar y tiempo. Si yo me defino como una cosa u otra, ¿quién es ese que se define? ¿Qué o quién es lo que decide qué se acepta en dicha definición?

Hay una cuestión básica a tener en cuenta. Nuestra mente está enseñada, programada para fraccionar y así poder definir, hasta el punto que ella misma se ha fraccionado. Ese fraccionamiento mental lleva consigo la pérdida del conocimiento de la totalidad. La especificación impide la definición más exacta posible del todo. Llegados a este punto, debemos plantearnos si esa identidad que es consciente de la realidad, y esa realidad de la que se es consciente, no son en verdad la misma cosa, sino que son partes del todo que conforma la realidad. En ese caso, habría que replantearse los límites, habría que dejar de buscar definiciones y simplemente experimentar la esencia de las cosas en su máxima plenitud posible. Las definiciones conllevan juicios y estos llevan a la parcialidad, y por lo tanto ocultan la realidad de la conciencia.

María Vázquez.
28 de Julio de 2008.