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El soñador del sueño (Audio)

 

Nombre: Lourdes Guerrero

Lugar: México D.F. – España

Actividad: maestra de Un Curso de Milagros. Instructora de yoga, tai-chi y pilates.

   

Fue a finales del año 2003 cuando percibí en el alma que lo que experimentaba en aquel momento sería el comienzo de un cambio como ningún otro. Estando en casa de un ser que me dio su amor desde que la conocí y a quien siento como mi madre espiritual, volvíamos de una reunión de Equipo para la Humanidad en la que habíamos sido invitadas a una charla introductoria de “Un Curso de Milagros”. A partir de ese momento sentí una señal poderosa en las palabras que explicaban de lo que se trataba. Nunca imaginé la dimensión de mi propia intención.

En mayo del siguiente año inicié con el curso un camino que al andarlo confrontaría hasta el más oculto de los pensamientos que aún valoraba. Sin duda la inclinación desde pequeña por resguardarme en lo espiritual ante la impotencia, a observar cada palabra ante las dudas, a detenerme ante actitudes que confundían el significado del amor en mi mente, a analizar cada idea que por costumbre imitaba, todo me llevaría inevitablemente a los escenarios perfectos para aprender, por lo tanto el reconocimiento de lo divino estaba lejos de mi comprensión.

Felizmente había frente a mí un libro azul que reconocía como la Verdad. Lo que leía no podía ser sino la voz de un Maestro. Removía totalmente mi Ser. En cada frase percibía amor y potestad a la vez. Desde la primera clase a la que asistí supe del compromiso que implicaba. Sentía que el llamado a estudiarlo tenía que compartirlo, y las siguientes clases las presenciaban también mis dos hijos, el padre de ellos y su abuela. Era un grupo entrañable e intenso. La energía que depositamos en aquel grupo de hermanos fue maravillosa.

Se completaba la intención hacia una misma meta, la de cambiar nuestras conciencias, la de soltar creencias religiosas que más que liberarnos nos ataban, la de deshacer los paradigmas morales y sociales a los cuales nos apropiamos para culpar a alguien y elegir en su lugar la inocencia, la de acabar con dogmas de educación que no fomentaban la felicidad. Una mezcla de emoción y al mismo tiempo angustia, o mejor dicho, miedo, corría desde el aliento hasta la piel. Cada lección y cada clase era un paso seguro a romper en nuestras mentes lo que parecía imponente que el ego fabricaba para existir, y que en realidad era frágil por su falsedad, por su ilusión.

El proceso fue devastador para mi personaje o ego y bienaventurado para el Espíritu. Cambiar las armaduras de la mente por la quietud de las enseñanzas del curso no era fácil. Nadie, sino un maestro, podía haber escrito un libro precisamente para ayudarnos a salir, literalmente “de la mano”, del mundo que por miles de años hemos hecho nuestra propia cárcel. Un verdadero acto de amor había sido recibirlo y un regalo utilizarlo conscientemente, a pesar de las resistencias y por encima de todo el ataque que percibiera mi ego.

Al término de un año y desde la certeza de nuestras mentes, reconocía que el final del estudio del curso de 365 días era en realidad el inicio de un camino que jamás existió. Era consciente de que el tiempo y las formas eran ya sólo un recurso que utilizaría asumiendo la responsabilidad total de sus efectos. Sólo este momento es lo único que Es, para crear o para destruir, para la luz o la oscuridad, para el odio o para el Amor. Quedaba manifestarlo con hechos.

Para terminar con este compartir, puedo afirmar desde lo que vislumbro más elevado, que la relación con los demás es el campo más valioso para la batalla final de nuestros egos, que la relación con el otro es la oportunidad más grande de aplicar el perdón desde la conciencia real de quiénes somos, que la enseñanza es una lección de vida que hay que aplicar para que no se quede en teoría, que el más grande testimonio de “bajar el cielo a la tierra” son nuestras propias vidas. La voluntad de los Hijos de Dios es tan semejante al Padre como todas sus creaciones. Esta amada tierra Gaia es nuestra creación y nuestros cuerpos son el recurso para expresar su grandeza.

“Somos tal y como Dios nos creó”.

No quiero dejar de mencionar mi agradecimiento a quien guió de forma incondicional cada frase, cada capítulo. Mi reconocimiento por su maestría y por su ejemplo de compromiso con la Verdad. Te bendigo a ti, maestro, por ser un faro de Luz y por la confianza absoluta en tu misión de Amor.