Artículos Mensuales
El soñador del sueño (Audio)

 

Febrero 2007

Cursos, el nuevo autoengaño.


La intención de este artículo no es crear conflicto, aunque es posible que surja como consecuencia de una interpretación equivocada del mismo. Pareciera todavía más extraño cuando aparece en una página destinada a informar sobre un curso específico, y podría llegarse a la conclusión de que se trata de un ataque que tiene como finalidad exaltar este curso particular en perjuicio de otros. No es esa la intención.
La finalidad de este artículo es invitar a la reflexión y al análisis acerca de la lista casi interminable de ofertas existentes en la actualidad, relacionadas todas ellas, al menos en apariencia, con el desarrollo personal.
Hay tanta confusión mental que es inevitable que se busque una respuesta a todos los conflictos que se perciben. Es cierto que algunos métodos y herramientas tienen la capacidad, si se utilizan correctamente, de deshacer el conflicto y permitir que la paz vuelva a experimentarse. Por lo tanto, este artículo no es una negación radical y ciega de todos los caminos de sanación que existen hoy en día, pero sí lo es con respecto a la gran mayoría de ellos.
Sólo existe un problema, aunque éste parezca adoptar infinidad de formas. El único problema a afrontar es un problema mental, y de ninguna otra índole. Este problema mental se experimenta de diferentes maneras: frustración, inseguridad, enfermedad, sensación de pobreza o limitación económica, dependencia emocional, adicción a actitudes autodestructivas, constante sensación de fracaso, relaciones personales conflictivas, etc. Por lo tanto, cualquier método de sanación que no se centre en las causas, es decir, en los pensamientos que generan esas emociones, no podrá nunca realizar un cambio real en la experiencia de la persona que lo realiza.

“La psicoterapia es la única forma de terapia que existe. Puesto que la mente es lo único que puede enfermar, es asimismo lo único que puede ser sanado.”

(Psicoterapia: propósito, proceso y práctica. Anexo a Un Curso de Milagros)

La conciencia va cambiando progresivamente sobre este planeta, y el engaño se actualiza al mismo ritmo para poder ejercer su función, una función que sería inútil sin la participación de quienes quieren ser engañados. El engaño ha hablado en la antigüedad, postrando a seres divinos ante ídolos de piedra. En la actualidad, estos mismos seres divinos se postran ante pirámides de mármol, bolas de cristal colgadas del techo, “maestros” que necesitan de un culto, un último “avance” tecnológico para “despertar la conciencia” o simples creencias de que son seres especiales por razón del “conocimiento” que sólo ellos poseen. La única finalidad del engaño es que se siga percibiendo la solución al problema “fuera” del único lugar donde se puede ejercer el poder de decisión: la mente.
Y la gran mayoría de estos cursos, a los que se acude por decenas, sólo tiene una finalidad para sus seguidores; que la causa de sus miedos permanezca intacta. La filosofía es la siguiente: “estoy dispuesto a hacer lo que sea mientras no me pidas que mire donde temo mirar.” Y de esa manera, a veces individualmente, a veces en grupos de “amigos que hacen cursos”, se produce un peregrinar interminable de una filosofía a otra, de una práctica a otra, de un maestro a otro, pero asegurándose de que el resultado sea siempre el mismo: que nada cambie realmente. Los “hacedores de cursos”, en su autoengaño, creen “ver” cada día más cosas extrañas o milagrosas. No importa si se trata de luces, seres que aparecen y desaparecen, de voces que les hablan diciéndoles que son especiales, o cualquier otra idea que les aparte de lo que se niegan a ver. Exhiben, a modo de currículum, toda la fenomenología de la que creen haber sido testigos, culminando siempre con la “estrecha relación” que, por supuesto, tienen con los seres más divinos imaginables, entre los que es probable se encuentren antiguos maestros de la humanidad, o los actuales más conocidos. De esa manera, comienza a fraguarse una distorsión de la percepción que les aparta cada vez más de la oportunidad de recordar quiénes son realmente, y sustituyen esa posibilidad por fantasías carentes de sentido, pero que tienen la finalidad de hacerles olvidar por un tiempo que el problema sigue sin ser resuelto.
Son muchas las personas que han llegado a los grupos de estudio de Un Curso de Milagros buscando una respuesta y una solución a sus vidas después de ese peregrinaje por diferentes disciplinas en las que han perdido como poco su tiempo y su dinero, y como mucho toda esperanza.
Algunos, esperando una palmada en la espalda o una complicidad en sus autoengaños, han concluido que este curso no es para ellos. Y han concluido acertadamente, puesto que se trata de un medio para liberarse del autoengaño. Muchos esperan desprenderse de su dolor, pero sin estar dispuestos a desprenderse de sus creencias enfermizas, que son la causa del mismo. Y de esta forma, los “hacedores de cursos” tan sólo buscan un remedio mágico que otro les dé, sin asumir de ningún modo la más mínima responsabilidad por lo que están sintiendo.
Hay una razón muy poderosa para que esto ocurra. Se encuentra oculta tras miles de años de experiencia sobre este mundo, y es un recuerdo ancestral, aunque inconsciente, de que ellos son los únicos gobernantes de sus vidas. Es un recuerdo muy antiguo, pero que sigue vigente. Una puerta que se ha mantenido cerrada desesperadamente. Una puerta que, una vez abierta, no puede volver a cerrarse más. Porque es la puerta que conduce a la mente a su liberación definitiva de este mundo ilusorio. Es la razón por la que, en este o en otros cursos que tengan la misma finalidad real de liberación, nunca se verán peregrinaciones de “hacedores de cursos”. Si la libertad fuese un deseo real de este mundo, el mundo no sería un reflejo tan exacto del miedo y la esclavitud.
El discernimiento entre lo que libera y lo que genera dependencia y esclavitud debería ser muy obvio.

“Por sus frutos les conoceréis”

El fruto del aprendizaje es el cambio en la mente. El cambio en la mente es necesariamente un cambio en las experiencias específicas y concretas de la vida cotidiana. Si ese cambio, fruto del aprendizaje, no ha tenido lugar de forma visible, significa únicamente que no se ha aprendido. Si no se ha aprendido, podemos concluir que no se ha deseado aprender, independientemente de las creencias que se tengan con respecto al aprendizaje. Siempre se obtiene lo que se desea.
Una de las primeras cosas que se enseñan en Un Curso de Milagros es a reconocer los autoengaños y las resistencias que tiene la mente ante el aprendizaje. Aprender significa cambiar, y la mente identifica este cambio con un “sacrificio”. Son muchos los que creen que ese cambio va a pedirles que renuncien a algo que ellos valoran. Ellos no saben qué es lo que valoran, pero saben que temen perderlo. No se dan cuenta de que eso que valoran es una idea de identidad de la cual no son plenamente conscientes, y que es precisamente lo que provoca todo el dolor y todo el conflicto en sus vidas. Están dispuestos a renunciar a todo, excepto a eso. Sin embargo, no saben que renunciando a esa idea falsa de identidad que tanto valoran no están renunciando a nada. Esa idea falsa de identidad o “ego” es lo que impide que la verdadera Identidad Divina se manifieste en todo momento y bajo cualquier circunstancia, creando un cambio tan radical en sus vidas que en principio es difícil de imaginar.
Puede concluirse, por lo tanto, que un verdadero método de enseñanza suele generar, al menos en algunas partes iniciales del proceso, cierta sensación de incomodidad o desasosiego emocional, como consecuencia de la reorganización de ciertos patrones mentales.
No significa necesariamente que el aprendizaje deba ser doloroso. Pero en todo proceso de ajuste mental, especialmente en los primeros momentos, suele ser habitual que suceda.
Cuando existe tanto desconocimiento sobre los procesos de cambio y sanación mental, es normal que las personas teman esos cambios, y que retomen la búsqueda inútil de la felicidad en caminos que no les confronten con sus patrones de pensamiento, que son la razón de que ahora deban buscar la felicidad que han olvidado.
De esta manera, hacer cursos se ha convertido en un pasatiempo más. Una alternativa a las distracciones habituales, una “moda espiritual” que mitiga la angustiosa sensación de sentirse confuso y atemorizado en un mundo que perciben como caótico. Cuanto más exótico sea el contenido del curso, más atractivo se vuelve para la mediocre curiosidad del “hacedor de cursos”.
Por un momento pueden soñar que seres divinos, mucho más superiores y especiales que ellos, por supuesto, tienen la gentileza de dirigirse a ellos y darles ciertos remedios mágicos, que aunque apenas entienden, alguien les ha dicho que funcionan. Cualquier cosa, excepto el reconocimiento de que la divinidad no hace diferencias. Cualquier cosa, excepto la responsabilidad de asumir el poder de decisión de la mente.
Y de esta manera, los nuevos “maestros” se rodean de seguidores de cultos y dogmas. Dogmas modernos, dogmas actualizados, pero dogmas al fin y al cabo. Dogmas que no entienden, pero que siguen fielmente a la más leve indicación de alguien que siempre ha de ser más especial que ellos mismos, y que debe guardar “secretos” sólo destinados a los elegidos. Cualquier cosa, excepto enseñar a pensar y reflexionar sobre cuestiones que son simple sentido común. Y estos “maestros”, en sus “éxtasis divinos”, se alejan cada vez más de los compañeros de camino que les rodean disfrazados de alumnos, mostrando que su enseñanza es una enseñanza basada en la separación y la exclusión, y no en el amor y la unidad.
No hay nada más eficaz para saber qué es lo que alguien puede enseñar a otro que observar qué es lo que ha aprendido. Y lo que se ha aprendido siempre se manifiesta a través de las relaciones personales. Las relaciones personales, por lo tanto, son algo que los falsos maestros tratan de ocultar a sus seguidores, puesto que pone de relevancia, ante quien sabe observar, qué es lo que realmente han aprendido, más allá de los rituales y éxtasis que utilizan como tarjeta de presentación. Y cuando cualquier observador comprueba que esos maestros no han aprendido nada diferente de lo que ellos ya saben, el interés que tenían por aprender algo diferente se desvanece. Es una poderosa razón para ellos por la que negar su falta de entendimiento. Es también la razón por la que se cubren de un halo de misterio y reserva, y son muchos los esfuerzos que se realizan para ocultar lo que consideran vergonzoso, y que en realidad es sólo una muestra de lo poco dispuestos que han estado a escuchar la Voz del Conocimiento interno, la Voz del Espíritu, un Espíritu que ahora necesitan exaltar con grandes gestos y complicados rituales, tal vez para convencerse a sí mismos de que más allá de los autoengaños, debe haber Algo más.

 

Andrés

 

 

Regresar a la sección Artículos Mensuales...